Olivia Stone. Cementerio Guanche

Posted on junio 26, 2011

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Olivia Stone

Olivia Stone

Estamos seguros de que no serán muchos los que empleen su tiempo en leer este capítulo del libro de Olivia Stone, incluso es posible que nadie la lea, básicamente es muy largo para un medio como internet.

De todos es sabido, que la www no se presta para la lectura, pero la divulgación de estas lineas escritas por O. Stone, nos parecían una obligación, un deber, hacia una de esas escasas personas que demostró un compromiso y un amor hacia nuestro patrimonio, digno de alabar.

Este capítulo sobre La Isleta pertenece al libro, “Tenerife y sus seis satélites”, y destaca por ser;

– Una de las descripciones más bonitas de la Isleta

– Una inglesa comprometida con nuestra historia

– Denuncia la apatía canaria hacia el patrimonio

Escrito en 1887, fue de vital importancia por la divulgación que tuvo de nuestros valores naturales y culturales a nivel nacional e internacional, incluso repercutió favorablemente en un aumento de las visitas a las islas.

Destaca la calidad y lo bien documentada que esta la obra, de su mano nos han llegado las únicas fotografías de la desaparecida necrópolis de la Isleta.

Sobresale su admiración por la nobleza de los canarios, y al mismo tiempo se queja;

  • de nuestra apatía hacia el patrimonio y de esa capacidad innata que tenemos para destruirlo

Aquí reproducimos íntegramente el capítulo referente a La Isleta, los títulos que ves en el texto han sido añadidos por nosotros, con el objetivo de hacerlo un poquito más usable, pero el original solo tiene este primer título que puedes leer a continuación.

LA ISLETA. CEMENTERIO GUANCHE. LAS SALINAS IX

¿Qué importan la arena o la cal blanqueadora,

La hierba agostada, el leño putrefacto,

El pico encorvado del aguilucho,

O la lengua roja y caliente del perro nativo?

Ese lecho era áspero, burdos los enterrados,

Mas, a pesar de su mortaja de plomo, sabemos

Que los más valientes y justos serán pasto de gusanos

Cuando vayan a donde todos hemos de ir

ADAM LINDSAY GORDON

LUNES, 26 DE NOVIEMBRE, a miércoles, 12 de diciembre (continuación). Mientras permanecía en cama enferma, John dio varios paseos, de los que me ha contado lo siguiente:

Hoy he empezado a deambular por La Isleta en compañía del Sr. Béchervaise para ver si podíamos encontrar un cementerio guanche del que habíamos oído hablar. 

La Isleta está a tan sólo 20 minutos en coche de Las Palmas, y cabría pensar que los habitantes de la ciudad conocerían todos los detalles interesantes del lugar.

Sin embargo, no es así. La ignorancia sobre La Isleta es casi total, y es difícil obtener información fiable. Los españoles que se acercan allí en coche nunca se alejan de la carretera que les lleva al muelle; les traen sin cuidado los guanches, los escenarios de antiguas erupciones volcánicas o la curiosa vegetación, y sospecho que, de alguna manera, ven como una tontería el mostrar interés por este tipo de cosas.

  • SOBRE LA BELLEZA DE LA ISLETA

Antes de abandonar Gran Canaria, visité La Isleta en numerosas ocasiones, y cada una de ellas sólo sirvió para estimular mi interés por nuevas investigaciones. Incluso visto en el mapa, este lugar despierta la curiosidad.

La Isleta penetra bruscamente en el mar, rompiendo radicalmente la redondez de Gran Canaria, y quedando conectada con la isla mediante un cuello estrechísimo y de aspecto insignificante. Vista desde lejos, desde cualquiera de los puntos altos de la costa norte de la isla, La Isleta siempre cautiva. Puede ocurrir cuando el cielo está limpio, de un azul brillante, y entonces los cinco o más picos que componen La Isleta se yerguen orgullosos, contrastando con el cielo del norte, con la suave línea blanca que bordea la orilla rompiendo, como si se tratara de un armonioso collar, los áridos pardos de la isla y los azules purpúreos del mar.

En estas condiciones, la escena posee una serena belleza sujeta, claro está, a esa sensación ligeramente sobrecogedora que siempre produce un paisaje de picos volcánicos.

Pero cuando la neblina viene desde el mar y la Isleta, atrapando las espumosas olas, queda alternativamente expuesta y velada, lo salvaje del perfil y el escabroso contorno de las montañas, bajo un cielo sombrío, crean un paisaje austeramente sublime.

  • ISTMO

La arena de las dunas del estrecho istmo es de un blanco deslumbrante y, en este momento, se desplaza con el viento hacia la isla principal.

Este cuello de arena resulta aún más extraordinario porque no hay arena en la parte de la Isleta donde se une a la cabeza, ya que el terreno allí está compuesto por picón y escorias volcánicas, totalmente desprovisto de cualquier tipo de tierra, al igual que tampoco la hay en la parte de la isla de donde arranca.

La arena forma colinas, valles, pequeñas mesetas y llanuras cuya extensión, cuando uno empieza a caminar sobre ellas, parece mucho mayor de lo que cabría suponer, vistas desde lejos.

  • CONSTRUCCIONES DE LA ISLETA

Las únicas casas que hay en la Isleta son unas pocas agrupadas al sureste, que  forman mayormente una sola calle que conduce al muelle y termina en él.

Cuando el puerto de refugio esté terminado, este muelle, que en la actualidad es bastante corto, tendrá una longitud considerable. La cima de uno de los picos volcánicos del norte está coronada por paredes blancas y la torre del faro.

Más hacia el sur, sobre otro pico, se encuentra el puesto de vigilancia y la estación de señales para los barcos -una casita blanca con un asta de bandera.

Pasamos junto a una cantera a la izquierda, de la que están extrayendo granito duro de debajo de la lava para las obras del puerto. Tras despedir nuestro vehículo al comienzo del muelle, seguimos avanzando e inmediatamente dejamos atrás la última casa y nos encontramos ante una zona completamente desierta.

  • AGUA POTABLE EN LA ISLETA

En la Isleta no hay agua potable, y cada gota de agua para beber o para lavarse hay que traerla de la isla. El trabajo que esto conlleva es enorme y resulta sorprendente, e incluso increíble, que no se haya tendido hace años una tubería que traiga agua potable hasta aquí.

En lugar de ello, las mujeres  y los niños tienen que recorrer diariamente -a pie y penosamente- la carretera polvorienta que sale de la Isleta, llevando vasijas de barro sobre la cabeza, y volver por el mismo agotador camino, completamente cargados.

Los que se lo pueden permitir, tienen un carro tirado por un burro y barriles para el agua. La pérdida de tiempo, la fatiga y, sobre todo, la suciedad y, por consiguiente, la enfermedad que genera este método terriblemente tedioso de obtener la primera necesidad vital, resultan espantosos de contemplar.

Antes de iluminar las calles con luces incandescentes, antes de permitirse el lujo de un puerto de refugio, un gran teatro de la ópera y un cable telegráfico europeo, creemos que una ciudad como Las Palmas, bien construida y de grandes edificios, debería haber provisto a este suburbio de esta necesidad, básica para la salud y el saneamiento. 

Siempre constituirá una vergüenza para Gran Canaria el haber dejado a  La Isleta sin agua durante tanto tiempo, pero confío en que no pasará mucho tiempo antes de que esta importante omisión quede subsanada. No se puede decir como excusa, que no se puede conseguir agua.

Desde la ciudad, la ligera pendiente podría hacer llegar el agua a la Isleta o, si esto no se considera lo más adecuado,  hay muchísima agua, como hemos visto con nuestros propios ojos, en el barranco  Guanarteme, que se encuentra bastante cercano al lugar donde el istmo se une a la isla.

Demuestra un cierto grado de apatía por parte de los propietarios de casas o terrenos de la Isleta que no lo hayan resuelto ellos mismos construyendo una acequia desde la isla.

En el transporte del agua, en el desgaste natural sufrido por hombres y bestias, se ha derrochado mucha más energía y dinero que la necesaria para hacer llegar el agua hasta sus casas.

  • CONTINUACIÓN DEL PASEO POR LA ISLETA SALVAJE Y VOLCANICA

Pero volvamos a nuestro paseo. Un solo paso, como si dijéramos, nos lleva desde el final de la calle al campo abierto y desnudo, y este terreno es lo más salvaje y caótico que pueda ser un terreno.

No hay tierra, la superficie es una masa de trozos de lava resquebrajados, de piedras ligeras y esponjosas de todos los tamaños, y está totalmente cubierta de excrecencias escabrosas y afiladas que cortan las botas y rasgan vilmente la ropa que las roce.

Caminar se hace muy difícil y agotador. Hay que avanzar tediosamente, manteniendo el equilibrio sobre una tambaleante piedra un segundo para, a continuación, saltar a otra, evitando a toda costa meter el pie entre los bloques.

El terreno está lleno de pequeñas cuevas -burbujas en la lava en las que se ha desplomado parte del techo- de uno a varios pies de tamaño.

  •   ERUPCIONES VOLCANICAS

¡Qué maravillosa debió ser la erupción que causó todo esto! Poder haber visto el pico derramando su contenido como una espesa melaza, haberlo observado mientras descendía hasta el mar, chisporroteando, bullendo y elevando, de vez en cuando, pequeñas columnas, que ahora son cortas protuberancias dentadas formadas por bloques de lava de ocho, diez o veinte pies de altura, y haberse quedado luego a ver cómo se enfriaba aquella masa, que fluía como un río, y observarla construyéndose  y agrietándose con un ruido ensordecedor y crepitante, formando infinidad de ligeras piedras de ceniza.

Incluso en la actualidad, la tensión existente en algunas de estas burbujas no se ha liberado, porque es evidente que la lluvia que hemos tenido recientemente ha hecho que se agrieten y desplomen más burbujas.

Vimos grietas y cuevas recientes con piedras débilmente pegadas al techo, prestas a caerse al más ligero toque.

  • VEGETACIÓN

La tierra carece de vegetación, entendida como cobertura.

En las hoyas, los pequeños valles donde la humedad se puede mantener más tiempo, las piedras de lava están parcialmente cubiertas de líquenes y, diseminados por doquier, hay ejemplares de cardón columnar (Euphorbia Canariensis), con sus tallos cuadrangulares, de cardón drago (Kleinia meriifolia)  y de la elegante y plumosa Plocama pendula.

Las raíces de estos arbustos deben llegar hasta muy por debajo de las piedras de lava para encontrar tierra fértil.

En ciertos lugares de algunos de los pequeños bosques compuestos por este tipo de plantas singulares.

Sin embargo, incluso entonces, todas estaban bastante separadas entre sí, y se podía caminar alrededor de ellas. Pese a lo peculiares que son a primera vista, cuando uno se acostumbra a las extrañas formas de estos arbustos descubre que no están desprovistos de belleza.

La forma ligera, inclinada y elegante de la plumosa Plocama, con su color verde vivo, contrasta agradablemente con el tallo gotoso y ramificado de la Kleinia, que se asemeja a un drago en miniatura, coronado por su follaje verde grisáceo; estas dos plantas, a su vez, hacen resaltar las columnas vegetales, cuadrangulares y rígidas, de la Euphorbia, de aspecto monstruoso.

Ciertamente, al verlas juntas, se mezclan en armonía con el desorden caótico de los bloques de lava, y funden sus suaves tonalidades verdes con los bloques de lava, y funden sus suaves tonalidades verdes con los tonos pardos del suelo.

Hace un calor tremendo, así que nos sentamos a descansar un rato en medio de uno de estos curiosos bosques, aunque no nos protegen del sol ya que ninguna de las plantas tiene más de cuatro pies de altura.

Arrojamos algunos trozos de las afiladas piedras contra un macizo de Euphorbia Canariensis y observamos cómo se derrama o chorrea aquel líquido espeso, lechoso y casi cremoso.

La planta parece estar rebosante de este líquido venenoso y lista a soltar un chorro a la más mínima herida. Cuando se ha secado, esta savia es la droga conocida como “euforbio” en farmacopea. Un jugo espeso, venenoso y lechoso también brota de la Kleinia, cuya naturaleza letal comprobé allí mismo al utilizarla contra unas hormigas, de una especie grande y negra, que eran las únicas representantes de la vida animal que pudimos descubrir en aquel lugar.

Todos los animales que pasan junto a ellas esquivan estas tres especies de plantas y nunca descubrí en ellas señal alguna de orugas, ni de ningún otro insecto o animal que se alimente de hojas, a pesar de que las he buscado con frecuencia. En un suelo tan árido como aquel donde les encanta crecer, resulta sorprendente encontrar plantas tan repletas de savia.

Uno también especula inútilmente sobre el papel que estas plantas desempeñan en la economía biológica de estas islas. No sirven como alimento, forraje o leña, son dañinas para el hombre y los animales, y ni siquiera se pueden emplear para fijar la tierra suelta. En resumen, sólo parecen poseer propiedades negativas, y ninguna positiva.

No obstante, Glas sí nos ha hecho una sugerencia, ya que la inutilidad de estas plantas no le ha pasado desapercibida a aquel marinero tan observador; nos dice: “No logro imaginar por qué los nativos no extraen el jugo para utilizarlo par carenar sus botes y navíos en vez de utilizar brea; estoy convencido de que sería más conveniente y un agente protector más eficaz contra la carcoma”.

Las plantas constituyen el rasgo más característico  de las costas y de las montañas del litoral de las Islas Canarias. 

Incluso el viajero de paso, al acercarse su vapor a la costa, no puede evitar sentirse impresionado por los ejemplares o grupos, redondos y de color verde pálido, de la Euphorbia Canariensis, tan rígida, pelada y desgarbada, que se encuentran diseminados por los acantilados dándole al paisaje un aspecto moteado curiosísimo.

Una mirada más cercana a la tosca fisonomía de esta planta, extraña y grotesca, acrecienta la sorpresa.

  •   ENTERRAMIENTO AISLADO

Durante todo este tiempo, a medida que bordeábamos la costa de la Isleta en dirección noroeste, a unos cientos de yardas tierra adentro, buscamos cuidadosamente cualquier señal del cementerio guanche, pero no pude ver nada que se correspondiese con lo que yo esperaba ver, basándome en lo que había aprendido en el de Agaete.

Nos detuvimos a examinar varias de las numerosas pequeñas cuevas de la zona, pero eran innegablemente de origen natural.

Por fin llegamos a una fosa estrecha aislada, revestida con una capa de piedras volcánicas planas, que tenía la habitual medida de seis pies de largo y que tenía en el fondo un poco de tierra fina y amarilla.

Si la tumba -ya que eso era- había estado alguna vez coronada por una pila de piedras, ésta había sido retirada hacía mucho tiempo.

Como no había piedras sueltas cerca del lugar, es probable que este guanche fuese enterrado sin el habitual túmulo. Los huesos habían sido retirados, o bien se habían desmenuzado hace tiempo, dando lugar al polvo que cubría el fondo. No había más tumbas en los alrededores.

¿Quién era entonces este individuo solitario tan singularmente desterrado en su muerte? ¿Le negó la airada sociedad un lugar junto al resto de su raza? No podemos saberlo. Allí yace la solitaria tumba profanada, junto a los sollozos del mar, y la fantasía puede desarrollar la explicación le plazca sobre este estrecho espacio rodeado de lava. El lugar es salvaje, el terreno abrupto, la escena sublime; todo invita a la fantasía.

Todavía no ha nacido el poeta que cante la patética historia de este pueblo guanche, perseguido y sufrido, pero noble y amable.

  •   MONTAÑA DEL VIGIA –  ALINEACION VIGIA

Continuando nuestro paseo, nos dirigimos en línea recta hacia el puesto de vigilancia, y tras subir una pendiente, corta  y difícil, a una altura de 400 pies nos encontramos de pie junto al borde inferior de un cráter parásito.

La repentina aparición de este volcán extinto nos dejó muy sorprendidos, ya que desde abajo no había nada que indicase la existencia de algo así a dos tercios de la falda.

Mediamos el cráter, descubriendo que tendría unos noventa pies de profundidad desde el borde más cercano al mar -el lado opuesto era la falda de la montaña- y ciento cincuenta yardas de diámetro, las paredes interiores acercándose gradualmente hasta casi encontrarse en un único punto en el fondo, que está cubierto por el mismo tipo de rocas lávicas que habíamos encontrado al subir.

Las piedras que cubrían el lado oeste estaban salpicadas por líquenes grises y naranjas y, acá y allá, crecían ejemplares de Euphorbia Canariensis, Kleinia y Plocama. Se veía claramente que el lado este del cráter estaba totalmente desnudo, sin un solo liquen, ni planta alguna, que alegrase la monotonía de los tonos pardos y grises de las piedras de lava.

A pequeña escala, este cráter y el cono que queda tras él presentan exactamente la misma formación, y la misma relación mutua, que los de Bandama.

A continuación rodeamos el borde del cráter hasta llegar a la falda de la montaña, y por ella subimos hasta alcanzar un saliente, donde al mirar vimos, no muy lejos hacia el norte, otro volcán aún mas perfecto y con más “aspecto de volcán”.

Se elevaba en solitario, unos cincuenta o sesenta pies sobre el llano que lo rodeaba, y era completamente circular pero con los bordes superiores bastante desmoronados.

Alrededor del cráter se elevaban, diseminados, algunos peñascos, como dientes. Me pareció idéntico al cráter más alto de Tenerife, por supuesto sin el humo o vapor que siempre hay allí.

No pudimos resistir la tentación de inspeccionar desde más cerca esta nueva maravilla, así que, tras bajar corriendo la falda de la montaña, en cinco minutos nos encontrábamos al borde del cráter, mirando hacia su centro.

El borde se encuentra a 450 pies sobre el nivel del mar y el centro sólo a unos veinte o treinta pies más abajo, señal de lo mucho que se habían derrumbado las paredes interiores.

Volvimos entonces sobre nuestros propios pasos y subimos hasta la cima de la montaña donde se encuentra emplazado el puesto de vigilancia y la estación de señales. Este punto se encuentra a 625 pies de altura.

El vigía nos había visto subir y, aunque ya había pasado su hora de bajar-faltaba poco para la caída del sol-, había esperado a que llegáramos.

Una caseta de piedra y un asta de bandera, cuyas señales pueden verse desde Las Palmas, es todo lo que aquí es verdaderamente sublime.

El sol se estaba poniendo, y sus rayos de poniente se encontraban de lleno sobre una masa de montañas abruptas y salvajes en el centro de la isla. El solitario Roque Nublo, como un gigante severo y erguido, se divisaba con claridad.

A la izquierda, la isla parecía penetrar en el mar formando una punta larga y atenuada, la Punta de Gando, mientras que a la derecha, el impresionante Pico de Gáldar, que se yergue lejos de las principales montañas de la isla, montaba guardia en el extremo interior de un promontorio cortado.

A nuestros pies – parecía tan cercano- se encontraba el istmo, estrechado por la perspectiva a vista de pájaro hasta convertirse en una simple franja plateada, mientras que más allá, sobre una lengua de tierra llana y baja que penetra en el mar, las casas blancas de Las Palmas y las dos torres oscuras de la catedral constituían la única señal que sugería la existencia de vida activa en este cuadro atractivo y soñoliento.

Pese a que podíamos habernos quedado aquí durante algún tiempo sin cansarnos de las bellezas del maravilloso panorama que se extendía ante nosotros, tuvimos que descender porque se estaba haciendo de noche rápidamente y nuestro amable vigía sin duda tenía ganas de regresar junto a su familia.

  •   CAZADORES DE CONEJOS

De camino al puerto, nos cruzamos con cinco hombres, acompañados por igual número de perros-cruzados, pero con bastante de galgos. Volvían de cazar conejos en La Isleta. Todos ellos llevaban colgados del hombro sendos tubos de madera dentro de los cuales había un hurón. Todos llevaban también bastones con puntas de hierro. A pesar de toda esta parafernalia, ninguno de ellos llevaba ni un solo conejo. Los conejos de La Isleta son, desde luego, asustadizos pero el vigía nos informó que eran muy abundantes.

Como era domingo por la noche, cuando volvíamos a Las Palmas vimos a las mujeres sentadas fuera de sus casas. No estaban ociosas. Al parecer, la pieza de caza “capital” abunda en los bosques “capilares” de Las Palmas y esta noche estaban persiguiéndola, laboriosa y afanosamente, en las cabezas de las otras, quebrando, a veces, la pieza capturada, entre sus dientes. ¡Se ve que sobre gustos no hay nada escrito!

Viernes, 30 de noviembre.

El descubrimiento el pasado domingo de una tumba indudablemente guanche, y el no poder encontrar algo que ni remotamente pudiera considerarse un verdadero cementerio, hizo que, desde entonces, sólo pensase en volver a intentarlo.

Es cierto que, durante el domingo, habíamos visto montículos formados por rocas de lava, e incluso pequeñas cuevas que, vistas desde lejos, podrían tomarse como tumbas de la desaparecida raza, pero una inspección más detallada siempre desvanecía aquella ilusión.

Incluso había empezado a dudar sobre la existencia de un cementerio en la Isleta ya que, a pesar de que algunos, en respuesta a mis preguntas, me dijeron que sí había algo, la gran mayoría, incluido mirabile dictu el propietario del terreno, insistía en que todo era una invención y que allí no existían restos guanches sin descubrir.

Cogiendo un coche junto al muelle viejo, el Sr. Béchervaise y yo nos dirigimos hacia el puerto, deteniéndonos al llegar  a las primeras casas.

En dicho lugar despedimos el vehículo y, haciéndoles señas a dos chicos que se encontraban tranquilamente sentados sobre la arena, les preguntamos si sabían dónde estaba el cementerio. Contestaron inmediatamente que sí,  que se encontraba al otro extremo de Las Palmas. Aun así, por fin logramos hacerles comprender que no era un cementerio moderno, sino antiguo, lo que buscábamos y como dijeron que nos podían guiar hasta su emplazamiento, dejamos que fuesen delante.

En esta parte del puerto hay tan sólo una hilera de humildes casas terreras enjalbegadas y detrás de ellas nos encontramos inmediatamente ante un terreno abrupto y volcánico. 

Resultaba sorprendente la velocidad con la que los dos golfillos morenos corrían descalzos sobre las ásperas cenizas volcánicas. El terreno está compuesto totalmente por estas cenizas y con una vegetación bastante escasa. Unas botas para estos niños, aunque habrían sido preferibles, no hubieran hecho juego con el resto de su ropa, ya que sólo llevaban lo imprescindible.

Curiosamente, uno de los muchachos tenía ojos castaño oscuro, un típico joven español, mientras que el otro, de ojos azules y cabello claro, era una prueba viviente de que la sangre guanche aún no se había extinguido.

  •   NECROPOLIS DE LS ISLETA

De este modo, guiados personalmente, por decirlo así, por representantes de lo nuevo y de lo antiguo, llegamos a una suave pendiente en aquel terreno cubierto de cenizas volcánicas, e inmediatamente me di cuenta de que estábamos realmente en medio de un cementerio guanche. 

Por todas partes había montículos de piedras volcánicas ligeras, algunos bastante perfectos e intactos, pero la gran mayoría en diferentes estados de deterioro.

La mano del expoliador se notaba por todas partes y si se sigue profanando a este ritmo, en muy pocos años habrá desaparecido este interesante testimonio de una raza extinta.

En un lugar venos un montículo medio derrumbado, aparentemente abandonado al ver otro más atractivo; en otro, una estrecha zanja de unos dos pies de ancho y seis pies de largo, las paredes forradas interiormente con piedras volcánicas planas, prueba que el montículo ha sido retirado y los huesos extraídos; en otro más, han practicado una pequeña abertura en un lateral del montículo, por donde se puede ver, en el interior, el blanco esqueleto de un guanche, completa y horriblemente estirado, aunque sin cráneo; en otro más, hay un montículo con uno de sus extremos derrumbado y los huesos esparcidos, lo que demuestra que sólo lo han expoliado por maldad.

Como sucedía en Agaete, en todos los casos el cuerpo había sido depositado en una zanja estrecha, un poco por debajo del nivel del suelo, rodeado de grandes trozos de lava planos, semejantes a losas, sobre los que se había construido cuidadosamente un montículo con piedras de lava. En ninguno de los montículos había piedras rojas, por lo que, en este sentido, el cementerio de la Isleta es distinto al de Agaete. Sería interesante saber quiénes eran las personas dignas de llevar piedras rojas sobre sus montículos funerarios y por qué, en cuanto a esto, existían diferencias entre los canarios del norte y los del oeste.

Los montículos tienen diferentes tamaños y formas y, aparentemente, no se han construido siguiendo un modelo concreto, siendo la única característica común que los laterales son como paredes hasta una altura de unos cuatro pies, hechas con grandes piedras volcánicas cuyas superficies casi planas han sido cuidadosamente colocadas hacia adentro.

La parte alta de los montículos está formada por piedras más pequeñas que han sido arrojadas sobre ellos, dejándolas donde caían pero conformando, de forma natural, una estructura más o menos baja y piramidal.

Las piedras más cercanas al cuerpo habían sido seleccionadas cuidadosamente porque tenían una superficie grande y plana.

Una, muy grande, muestra que eran, en realidad, piedras curvas. Una de las superficies es áspera y de aspecto esponjoso, mientras que la otra tiene una estructura más compacta, lisa y ligeramente cóncava.

Provenían de las burbujas del río de lava, muchas de las cuales aún pueden verse en la Isleta.

Estas cuevas pequeñas presentan normalmente una abertura donde se han desprendido trozos del techo al resquebrajarse. Al mirar en el interior de estas cavidades naturales del terreno, se ve que el techo está formado totalmente por lava lisa, completamente resquebrajada. No sería difícil arrancar y llevarse los trozos que las componen. Estas piedras de lava son mucho más ligeras de lo que su aspecto sugiere, y es posible acarrear un trozo inmenso y de aspecto sólido que, a primera vista, parecería imposible de levantar.

Medí dos tumbas a las que pude acceder porque los montículos habían sido parcialmente desmantelados. Una la escogí por su aspecto poco importante, y la otra porque era, si no la mayor, una de las más grandes del cementerio.

La primera tenía una anchura de quince pulgadas y a sólo un pie por debajo del nivel del suelo, con los dos bordes de las piedras que cubrían el cuerpo apoyados a ambos lados sobre el suelo. Medía seis pies y seis pulgadas de largo y se le había dado una forma más o menos cuadrada en ambos extremos.

La otra tumba había sido cubierta con un montículo circular de gran tamaño, y se encontraba en dirección norte-sur. Habían derribado las piedras del extremo norte, dejando la tumba a la intemperie, y habían extraído, como de costumbre, el cráneo, aunque quedaban las costillas, las vértebras, los fémures y unos cuantos huesos pequeños, de los cuales, dado su gran tamaño y lo marcado de las prominencias donde se insertaban los músculos, se deducía que se trataba de un hombre alto, bien formado y muy fuerte, probablemente un poderoso guerrero, tal vez un rey.

Pude penetrar en la tumba y me encontré con una cámara forrada con enormes trozos planos de piedra volcánica y techada con otros de forma cóncava. La tumba tenía, por tanto, una forma abovedada, pero de siete pies de largo y con los extremos redondeados, no cuadrados como en la tumba más pequeña. La altura desde el suelo plano hasta el punto más alto del techo era de tres pies y nueve pulgadas, y la tumba tenía veintidós pulgadas de ancho.

Me fijé en la dirección en la que habían colocado los cuerpos en la tierra y pensaba que los guanches enterrarían de este a oeste, pero descubrí que no era así, ya que la primera zanja estrecha que vi iba de norte a sur. La siguiente iba de noreste a suroeste, y otras que examiné estaban dirigidas hacia todos los puntos cardinales. De las cincuenta o sesenta (El examen detallado de todas estas tumbas no se completó, evidentemente, en una sola tarde.

Pasé muchas horas allí en distintas ocasiones para poder determinar la dirección de las tumbas.) tumbas que examiné, había más en dirección norte-sur que en cualquier otra dirección.

El hecho de que el capitán Glas afirmase en 1764 que los canarios enterraban a sus muertos con las cabezas hacia el norte y, más tarde, los Sres. Berthelot y Webb dijeran que los enterraban hacia el este y el oeste, probablemente se debe a que sólo llevaron a cabo un mero examen superficial o que se basaron en información oral. Tomadas conjuntamente, estas afirmaciones son correctas; por separado son, indudablemente, incorrectas.

Si los guanches pretendían enterrar a sus muertos con una orientación concreta, eran de los más descuidados en su forma de hacerlo.

Mi inspección de los cementerios de Agaete y la Isleta, la disposición de los montículos y el cuidadoso examen de las tumbas abiertas me han convencido de no seguían ninguna orientación en particular.

Aquí, al igual que en Agaete, la gran diferencia entre el tamaño de los montículos era lo más destacado.

Los mayores eran hasta seis veces más grandes que los más pequeños. Algunos de los grandes, en lugar de tener la habitual forma oblonga, eran circulares. Para hacerme una idea del número de tumbas, conté los montículos funerarios que se podían divisar desde un lugar elegido al azar. Pude contar sesenta. En total, debía haber varios cientos de montículos en este cementerio.

Tantos montículos han sido expoliados –yo diría que no quedan ni veinte en perfecto estado– que, de no haber visto los ejemplares intactos de Agaete, no habría podido discernir tan fácilmente los detalles de su estructura externa. El terreno, la situación y las piedras tienen unas características similares a las del cementerio de Agaete.

A los guanches debió gustarles que los enterrasen cerca del mar, tan cerca que la espuma marina pudiera caer sobre sus montículos funerarios cuando hubiese tormenta. La elección de este terreno tan poco atractivo, compuesto en su totalidad por las piedras más toscas que es posible encontrar en un terreno volcánico, podría tal vez deberse a la singularidad del lugar, a la gran diferencia existente entre él y el terreno que lo rodea.

Es muy probable que estas pequeñas y curiosas manifestaciones de una furia volcánica pasada adquiriesen importancia religiosa a los ojos de los guanches. Podría ser que ellos no observasen estas curiosidades de la naturaleza con temor, sino como algo especialmente relacionado con el gran Dador de toda bondad, a cuya custodia no temían confiar todo lo que había de perecedero en sus hermanos y hermanas muertos.

Porque el hecho de que creían en una vida en el más allá es evidente a la vista del cuidado con que enterraban a sus muertos, de los cuerpos momificados que se han encontrado en cuevas y de la gran cantidad de utensilios y comida encontrados junto a los restos y en las cuevas funerarias.

Por supuesto que también se podría sugerir que, dada la sobrepoblación de la isla, la tierra que se podía utilizar para el pastoreo era demasiado valiosa para destinarla a fines funerarios o, aún más, dado que no se conocían las herramientas para cavar, este terreno cubierto de rocas volcánicas permitía métodos sencillos de sepultura.

Mientras estamos sentados sobre el montículo en ruinas que en su momento albergara todo lo que de terrenal tenía un guanche, podemos ver, desde esta ligera elevación del terreno, el estrecho cuello del istmo de La Isleta, con el mar espumante a ambos lados.

La arena tiene un aspecto blanco y deslumbrante desde esta distancia, relumbrando al calor del sol del mediodía.

Más allá, sólo un paisaje monocromático, pardo y seco, de elevadas montañas, ya que no estamos mirando hacia donde se encuentra la blanca y brillante ciudad de Las Palmas.

Esos perfiles, que contrastan con el cielo, son muy abruptos y salvajes, una masa comprimida de riscos, aristas serradas y protuberancias dentadas. El sereno cielo azul sobre nuestras cabezas, el mar azul intenso que nos rodea y el silencio infinito que todo lo cubre, constituyen un marco de calma adecuado para lo salvaje del paisaje. Tal como está hoy este paisaje, lo estaba cuando las comitivas funerarias subían serpenteantes desde la isla principal atravesando la ruta arenosa del istmo o bajaban desde las cuevas altas de La Isleta.

Una persona inteligente no puede permanecer impasible en este lugar. A nuestro alrededor, en todas direcciones, se encuentran diseminados los montículos testigos de una raza que hace tiempo vivió en la isla y que ha desaparecido totalmente de la faz de la tierra. Resulta extraño estar observando este cementerio, ¡sí, observando los verdaderos huesos de un pueblo ya desaparecido!

“ ¡Cuántos corazones sangrantes han hallado la morada bajo estos altozanos, sobre los que planean las gaviotas! “

Ver un cráneo en un museo, observar un enorme montón de huesos de una raza extinta, sólo produce agotamiento tanto en la vista como en la mente, pero ver los restos de una nación colocados naturalmente, tal y como los colocaron sus propias gentes, en su entorno y clima naturales, despierta curiosidad e inspira simpatía.

Nos preguntamos qué ritos se habrán celebrado en este lugar durante los numerosos enterramientos que han tenido lugar a menos de cien yardas a nuestro alrededor; qué tipo de ceremonias; quiénes acompañaban al cadáver hasta la sepultura; si había sacerdotes presentes en los funerales; cómo iban vestidos los acompañantes; sí los tristes lloros de los dolientes resonaban en las montañas, obligando a las aves de paso a desviarse de su rumbo; quiénes eran las cariñosas manos que apilaron esas piedras de significado oculto y que ahora se alzan con un silencio elocuente. No podemos responder ninguna de estas preguntas y , con toda probabilidad, muchas de ellas quedarán para siempre sin respuesta.

“ Todo ha desaparecido- Todo- excepto los montículos de tierra que cubren sus huesos.”

No existe literatura guanche, su única representación son unas cuantas rayas marcadas sobre unas piedras; las crónicas de los conquistadores españoles son demasiado egoístas y parciales, aunque en algunos sitios podemos leer entre líneas.

Pero lo que sí sabemos es que aquí se han derramado lágrimas, que aquí se han experimentado, una y otra vez, penas tan hondas que no hay palabras para expresarlas, ya que es incuestionable que los guanches eran una raza amante y amable. 

Creemos que esta tierra es tan sagrada como cualquier otra que haya podido pisar un obispo, ya que tiene que haber sido testigo de mucho sufrimiento humano; y ¿quién se atreverá a afirmar que aquí no hubo también alguna esperanza que mitigase la angustia que causa la muerte?

Sin embargo, en medio de la muerte se halla la vida ya que, al levantarnos y dar la vuelta, observamos que durante nuestra meditación los dos traviesos pilluelos que habían venido con nosotros han estado afanosamente triturando con dos piedras -hasta reducirlos a polvo- el cráneo y los huesos de un guanche, que habían extraído, irreverentemente y sólo por diversión, de uno de los montículos abiertos. Los huesos han perdido gran parte de su dureza y, o se quiebran al tocarlos, o tienen la consistencia de una galleta húmeda. Reprocharles a los chicos su acto sacrílego, dada la absoluta ignorancia que tienen sobre todo lo referente a la historia pasada de su isla -aunque supiesen algo más, cosa que dudo-, sólo sería una pérdida de tiempo, así que, ordenándoles que abandonen el proceso triturador, partimos a ver las cuevas de las que nos han hablado.

  • CUEVA DE LOS CANARIOS

Nos dirigimos hacia la costa oeste de La Isleta por la ruta más corta, y en diez minutos hemos bajado hasta la orilla. Hay un sendero bastante bueno y pronto podemos divisar, en lo alto de los acantilados, las entradas de las cuevas que buscábamos. Una vez bajo ellas, comenzamos a ascender, no sin cierta dificultad, ya que el acantilado es muy empinado.

En el camino, encontramos trozos de cerámica antigua y gran cantidad de lapas más otras clases de conchas que llevan tiempo allí.

Las cuevas se encuentran a 260 pies sobre el nivel del mar, y el conjunto está compuesto por dos cuevas principales y una serie de cuevas más pequeñas.

Medimos una de las más grandes. Tenía 22 pies de largo y 16 de ancho, y 9 pies de alto, con una entrada más o menos cuadrangular. Cerca de la entrada, en el lado derecho, habían hecho un pequeño hueco en el suelo, que quizás utilizaban como lecho. Aquí encontramos un ejemplar de la planta Heliotropium Europaeum de sólo una pulgada de altura, que estaba en flor.

  •   LAS COLORADAS Y LA ZONA DE LAS SALINAS

Abandonamos estas viviendas guanches y ascendimos hasta pasar por encima de la parte alta del acantilado, descubriendo que allí el terreno bajaba en pendiente, formando el lateral de un  pequeño valle. Un sendero que discurre por el fondo nos conduce pronto hasta el borde de una caída y, al mirar hacía abajo, vemos una meseta plana de gran tamaño, rodeada en su extremo interior por acantilados escarpados y lindando al mar por el oeste.

En este lado de la Isleta, el terreno es mucho más plano que en el este, por donde han corrido los ríos de lava procedentes de los muchos cráteres en erupción.

La llanura que se extiende a nuestros pies está desierta, salvo por las salinas de Don Pedro Bravo que ocupan una pequeña zona y que parecen una serie de almacerías de pepinos colocados uno junto a otro, pero sin el cristal de la parte superior.

Al bajar por un sendero en zig-zag, nos encontramos con el propio Don Pedro supervisando la plantación de algunos árboles, ya que quiere convertir este lugar árido en una zona verde y cultivada y, con el tiempo, construir aquí una casa. Ya hemos comentado con bastante detalle la falta de agua potable en La Isleta.

Don Pedro ha intentado paliar en parte dicha necesidad en este lugar, construyendo un muro resistente que cierra el extremo de un barranco, estrecho pero profundo, que linda con la llanura.

El Embalse así creado recogerá y retendrá    el agua de lluvia, pero como sólo llueve durante el invierno y, algunos años, no demasiado, ésta es una fuente demasiado precaria para que se pueda depender de ella. Hasta que no haya un suministro continuo de agua, utilizando tuberías o acequias, nos tememos que los árboles que aquí se planten tendrán muy pocas posibilidades de sobrevivir.

  • SALINAS

Muy amablemente nos mostró su finca. Un pequeño molino de viento bombea agua salada hasta la altura de los depósitos de evaporación -las almacerías de pepinos que acabamos de ver desde arriba- que están hechos de una tierra rojiza que se encuentra en la zona, bien compactada. Los depósitos tienen 4 m cuadrados y una profundidad de un pie, más o menos.

Hay 300 en funcionamiento, aunque tiene la intensión de ampliar las salinas y ocupar una mayor extensión de esta pequeña meseta.

Las salinas llevan funcionado 5 años. Don Pedro nos informó, sin que se lo preguntásemos, que el primer año la producción de sal fue de 16 fanegas, de 150, el segundo, de 300, el tercero, de 700, el cuarto y de 1200, el año pasado.

La producción del año pasado se vendió en 180 libras. En un almacén de madera situado muy cerca, vimos parte de la sal. Se vende tal como sale de los depósitos de evaporación, sin ningún proceso de purificación o recristalización.

Parece azúcar cristalizada corriente, con cristales pequeños, desiguales y sucios. Pese a que la mayor parte del contenido es cloruro de sodio, este residuo del agua del mar debe contener también otros tipos de sales.

Nos interesó sobre todo lo sencillo que era todo el proceso.

No hay que gastar nada en energía para que funcione. El viento bombea el agua, elevándola, y podemos decir que es el sol quien fabrica la sal. Durante la época más calurosa del verano es, por supuesto, cuando se produce la mayor cantidad de sal. El sol y el viento se alían para convertir estas islas en afortunadas. Las mayores salinas de esta isla, que funcionan exactamente igual que las que acabamos de describir, se encuentran en el extremo sur, en Juan Grande.

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