Mascaritas clandestinas

Posted on enero 3, 2011

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De izquierda a derecha, Manuel García Guerra, Antonio Cardona Sosa, José Arrocha Rodríguez, Juan Álamo Zerpa, José Ortega Gutiérrez, Juan García Sánchez, Emilio Rodríguez Torres, Rafael Reyes Perdomo, Ginés Betancor Hernández y Luis del Rosario, en una foto de familia en los aledaños del Castillo de La Luz, lugar donde reiniciaron el carnaval en 1976. i L. DEL ROSARIO

Año 1975. El dictador Francisco Franco hacía un mes que había pasado a mejor vida, pero el miedo a la represión seguía estando presente. Las mascaritas se lo pensaban dos veces antes de salir a la calle y había que estar preparados en plan “corre que te cagas” para eludir los efectos de la Policía Armada, cariñosamente conocidos como los grises, especializados en repartir cera a destajo.

“¡Señores, vamos a organizar el carnaval, hay que sacarlo a la calle sea como sea!” Con ese grito de guerra cuatro vecinos de La Isleta decidieron dar el primer paso en diciembre de 1975, y para ello tomaron como cuartel general de sus reuniones el popular bar Arroyo, que estaba ubicado en la calle Prudencio Morales. Manuel García Sánchez, Miguel Padrón Noble, Manuel Rodríguez Costa y Emilio Rodríguez Torres se conjuraron para acabar con una prohibición que nadie entendía. “¿Cómo es posible que por ir vestido de mascarita se expone uno a recibir un porrazo o a dormir una noche en el frío suelo de la comisaría?”, se preguntaban entonces.

Así comienza la lucha. Visitas al Gobierno Civil, Ayuntamiento, Patronato de Turismo, etcétera. Se buscaban papeles que dieran el “sí quiero”, pero el temor y la preocupación, en especial del gobernador y coronel del Ejército Salvador Escandell Cortés, suponían un muro casi infranqueable.

Pero ya no había quien parara la fuerza vecinal, no había marcha atrás. “O lo oficializan o lo sacamos a la calle aun a sabiendas de lo que pueda ocurrir”. Y efectivamente, a finales de febrero de 1976 salió a la calle, sin papeles y autorizado sólo de palabra por el gobernador quien, por cierto, no quiso estar presente en Gran Canaria el día de la celebración de la cabalgata y huyó a Lanzarote.

Desde ese momento, un ilusionado y altruista grupo de vecinos se erigieron en pioneros y se pusieron manos a la obra, mediante un perfecto organigrama jerarquizado que les permitiera sacar el carnaval a la calle perfectamente organizado, asignándoles un cometido que cada uno cumplía con escrupulosidad. Era una oportunidad que no podían desaprovechar, porque sabían que de este primer paso dependía el futuro de las fiestas.

El Castillo de la Luz, paradojas del destino, se convirtió en centro neurálgico y lugar donde se llevaban a cabo las negociaciones y organizaba el programa de actos. Fue la primera oficina de que dispuso el carnaval.

Personajes canarios tan ilustres como César Manrique y Pepe Dámaso fueron invitados a que formaran parte de la organización, haciéndose cargo de la comisión artística tiempo después.

‘Que sea lo que Dios quiera’

“Ahora que estamos todos dispuestos para la lucha, ¿por dónde empezamos?”, preguntaban unos. “Muy sencillo: tenemos que ir en busca de papeles que nos den vía libre para sacar las mascaritas a la calle”, respondían otros, “Y si no nos los dan seremos nosotros los que tomemos las riendas y que sea lo que Dios quiera. Lo que tenemos claro es que el carnaval no puede esperar más…”

La única arma de la que disponían en aquellos momentos, aparte de las mascaritas, era la recién creada comparsa Los Caribe, formada en su mayoría por vecinos del barrio de La Isleta que ensayaban en el Castillo de La Luz desde diciembre de 1975. Pusieron a prueba a los grises en un ruidoso recorrido que hicieron por las calles del Puerto y la playa de Las Canteras, hasta que a la altura del hotel Reina Isabel los agentes policiales les ordenaron disolverse e irse para casa porque “peligraba el orden público”. Fue un recorrido tímido pero decisivo, puesto que suponía un paso al frente en el futuro del carnaval grancanario.

El siguiente paso, en 1976, fue elaborar un programa de actos aprisa y corriendo, a celebrar en los exteriores del histórico y olvidado Castillo de La Luz. Se colocaba así la primera piedra que serviría de ejemplo para que, en 1977, salieran a la calle más de doscientas mil personas en busca de diversión. Las fiestas ya tenían padre: el Patronato del Carnaval, y un maestro de ceremonias: Manolo García con toda su artillería vecinal, los que a la postre se convertirían en pioneros.

Impulsores

Unos treinta vecinos, casi todos del barrio de La Isleta, se ofrecieron a participar y a ayudar, entre los que se encontraban: Manuel García Sánchez, Manuel García Guerra, José Arrocha Rodríguez, Ginés Betancor Hernández, Antonio Cardona Sosa, José Ortega Gutiérrez, Emilio Rodríguez Torres, Juan García Sánchez, Rafael Reyes Perdomo, Juan Álamo Zerpa y Luis del Rosario.

Todo ellos son un ejemplo de esfuerzo, decisión y dedicación a las fiestas más participativas y divertidas, y merecen ser reconocidos como auténticos impulsores que marcaron una época y llenaron de fantasía las calles de la ciudad tras 40 años de prohibición.

Autor; JOSÉ FEBLES FELIPE. 13 de febrero de 2011

Fuente; http://www.laprovincia.es/las-palmas/2011/02/13/mascaritas-clandestinas/353079.html

 

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