La dura vida del Puerto de La Luz

Posted on junio 26, 2010

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Rogelio Santiago Batista y José Macías Sánchez, Testigos de la carga blanca

Esta semana te reproducimos un testimonio oral que extraemos de la Revista Aguayro, en donde dos trabajadores del Puerto hablan sobre la dureza de las condiciones de trabajo en el Puerto de la Luz…

Rogelio y Macías han dedicado 44 y 42 años de sus vidas, respectivamente, a las faenas portuarias de la “carga blanca”. A sus años, ya no sienten ganas —“ni siquiera por todo el dinero del mundo”— de volver al más duro de los oficios que se han originado en nuestra historia portuaria.

Comenzamos a trabajar en la carga blanca en el año 36. En aquella época llegaron al puerto gentes de todos los pueblos de la isla y de los otros barrios de la ciudad, sustituyendo a los portuarios que se negaron a trabajar cuando llegó el Movimiento.

Nuestro trabajo siempre ha sido asignado por la Organización de Trabajadores Portuarios, a donde iban los consignatarios a pedir las “manos” que necesitaban (una mano es una cuadrilla de hombres).

La OTP nombraba las “listas”,  que variaron en el transcurso de los años: primero se formaba una lista única en la que nombraban todo el personal que se necesitaba para la jornada; después pusieron dos listas, una de “a bordo”, y otra de “tierra’; y ya posteriormente se ampliaron las listas a “maquinilleros” y “motoristas”.

Además de éstas, siempre existieron listas de “guardería”, para guardar la mercancía en el muelle, y lista de “transbordo” para la cuestión del  pescado, que se hacía aparte de la otra carga. Para la lista primero nos reuníamos en el muelle de Santa Catalina, pero esto duró poco tiempo,  lo mismo que en la entrada del muelle de La Luz (junto a la fábrica de hielo de Gonçalves),  ya que después teníamos que acudir a Juan Rejón, hasta que se construyó el edificio actual.

El trabajo de la carga se realizaba antes de muy distinta forma de como se realiza hoy. El muelle no estaba mecanizado y se necesitaba mucho personal, puesto que la forma de descargar o cargar era muy atrasada.

Por ejemplo, para los granos teníamos que hacer muchísimas faenas, nada comparables con las de hoy. El grano venia suelto en la bodega del barco y se tenía que cargar con palas en unos grandes baldes que después se enganchaban a una pluma y se vertían en el suelo del muelle, donde teníamos que hacer paredes a base de sacos para que el grano no fuera al mar; después se tenía que echar en sacos para cargarlos en los camiones. En algunas épocas la caravana de camiones llegaba hasta Alcaravaneras.

Tampoco la fruta que se exportaba venia con los preparativos y el empaquetado de hoy en día, y la mayoría era puesta a bordo suelta o en huacales, en el caso de los plátanos.

La mayoría de los buques traían trigo y millo, además de la mercancía general, artículos de ferretería, muebles, tejidos…, todos necesitaban un gran trabajo.

De las malas condiciones en que nos desenvolvíamos no queremos ni 

hablar. Las condiciones de trabajo eran muy duras y pasamos bastantes calamidades y sacrificios.

El trabajo había que hacerlo a hombros o en carretilla, y los mismo  había que cargar sacos de guano de 100 kilos que llevar una carretilla con cinco ceretos de 14 kilos cada uno, y esto hacerlo continuamente del barco al camión y del camión al barco, pero no en un muelle como el de ahora, sino a través de un muelle en mal estado,  lleno de piedras y de fango, con adoquines levantados y sin los medios que existen hoy.

Cuando el puerto se fue modernizando y sobraba trabajo, pusieron las listas más severas para que la gente que vivía lejos abandonara la carga; teníamos que venir día y noche, a veces levantarte de madrugada y venir caminando porque no existían transportes.

Muchas veces tenías que estar tirado en el  puerto, pasando frío y sin trabajar. A muchos también les quitaron el trabajo por echarse un puño de trigo en el bolsillo  de la americana, ya que eran los tiempos en que se pasaban miserias.

Por ese trabajo nosotros cobrábamos 15,50 pesetas la jornada en 1936; en realidad no era mal sueldo si trabajabas a diario, pero con frecuencia te pasabas siete u ocho días sin que tocara “turno”,  ya que había poco movimiento de barcos.

Cuando nos levantábamos y caminábamos hacia el puerto, nuestra mayor  esperanza era ver al vigía de la Isleta izar las banderas al viento; eran para anunciar a la compañía la entrada a puerto de los buques, y nosotros comentábamos:  “deja ver si hoy tengo trabajo, vienen cuatro barcos”.

Así fuimos consumiendo nuestros años, trabajando para la “vena aorta” de  nuestra tierra, puesto que sin el puerto  no somos nada: si se para el puerto,  consumimos en tres días lo que tenemos,  y después la miseria. Hoy, ya retirados, ¿volver al puerto?, no, ya no más trabajos, ni por mucho dinero.

ROGELIO SANTIAGO BATISTA Y JOSE MACIAS SANCHEZ,  TESTIGOS DE LA CARGA BLANCA.

REVISTA AGUAYRO 1983 NUMEROS 146

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